Durante la guerra entre México y Estados Unidos (1846–1848), a los habitantes de Baja California —en particular de La Paz y San José del Cabo— se les hizo una promesa que marcaría para siempre la memoria histórica de la península: el reconocimiento como ciudadanos de los Estados Unidos. Aquella oferta, formulada en el fragor del conflicto, fue posteriormente retirada cuando dejó de resultar conveniente para Washington.

La promesa surgió en un momento clave de la ocupación militar. El comodoro Robert F. Stockton proclamó que Alta y Baja California pasaban a formar parte del territorio estadounidense. Más tarde, tras la rendición del coronel Francisco Palacios Miranda —gobernador de la península— en La Paz, un comité de residentes firmó artículos de capitulación en los que se garantizaban derechos de ciudadanía estadounidense, la permanencia de sus autoridades locales y el respeto a sus leyes.

Sin embargo, el desenlace diplomático fue muy distinto. El Tratado de Guadalupe Hidalgo, firmado en 1848, puso fin a la guerra sin incluir a Baja California como territorio de los Estados Unidos. La península quedó fuera del acuerdo, pese a las promesas hechas y al apoyo que numerosos bajacalifornianos brindaron a las fuerzas estadounidenses durante el conflicto.

Una promesa cuestionada desde dentro

La exclusión de Baja California no estuvo exenta de críticas dentro del propio ejército estadounidense. Soldados y marineros que habían servido en la región manifestaron su inconformidad al considerar que su país había faltado a su palabra. El teniente Henry W. Halleck escribió al coronel Richard B. Mason, entonces gobernador militar de Alta California, advirtiendo que abandonar a los bajacalifornianos que confiaron en Estados Unidos constituía una violación de la fe nacional y proyectaba una imagen de engaño cruel.

Pese a estas objeciones, la decisión ya estaba tomada. Washington priorizó una conclusión rápida del conflicto con México y consideró que la península carecía del valor económico y estratégico suficiente para justificar su anexión formal.

El destino de quienes sí creyeron

El resultado fue contradictorio. Por un lado, la mayoría de los habitantes de Baja California que apoyaron a Estados Unidos quedaron abandonados a su suerte bajo soberanía mexicana. Por otro, alrededor de 400 bajacalifornianos emigraron a bordo de fragatas militares rumbo a San Francisco. Allí fueron recibidos por las fuerzas armadas estadounidenses, obtuvieron la ciudadanía y, además, se les concedió una pensión por los servicios prestados al gobierno de Washington.

¿Por qué algunos bajacalifornianos apoyaron la anexión?

Las razones fueron múltiples y complejas:

  • Promesas de ciudadanía y derechos: Las garantías ofrecidas por mandos militares estadounidenses resultaban atractivas en un contexto de guerra e incertidumbre, especialmente al asegurar respeto a leyes y autoridades locales.

  • Descontento con el gobierno mexicano: Figuras como el propio gobernador Palacios Miranda mostraron disposición a colaborar, reflejo de tensiones y desencanto con la administración central de la época.

  • Búsqueda de protección y estabilidad: La presencia de tropas estadounidenses fue vista por algunos como una vía para garantizar seguridad y orden en medio del conflicto armado.

  • Aspiraciones de progreso económico: La posible integración a una nación en expansión alimentó expectativas de desarrollo, comercio y prosperidad.

  • División interna y pragmatismo: Mientras líderes como Mauricio Castro y los sacerdotes Gabriel González y Vicente Sotomayor promovían la resistencia, otros optaron por una postura pragmática u oportunista para proteger intereses inmediatos.

Estas tensiones desembocaron en un hecho poco conocido pero revelador: en julio de 1848 se convocó a una Asamblea de Representantes en La Paz. En ella, la mayoría votó a favor de solicitar formalmente la anexión de Baja California a Estados Unidos. La petición, sin embargo, fue rechazada. El gobierno estadounidense se apegó estrictamente a los términos del Tratado de Guadalupe Hidalgo y cerró definitivamente la puerta a la incorporación de la península.

Así, la historia dejó constancia de una promesa hecha en tiempos de guerra y rota en tiempos de paz: un episodio que explica, en buena medida, la profunda huella de desconfianza y memoria crítica que aún persiste en Baja California frente a los grandes proyectos geopolíticos de su vecino del norte.