Los documentos diplomáticos de la época permiten ver que Daniels no fue un simple transmisor de instrucciones, sino una figura clave para interpretar ante Washington la sensibilidad política mexicana. Su papel consistía en algo más profundo que llevar y traer mensajes oficiales: debía hacer comprender a sus superiores que la cooperación de México no podía conseguirse mediante presión, amenazas veladas o proyectos que alimentaran la sospecha de intervencionismo. Si Estados Unidos quería contar con México en la defensa continental, tendría que hacerlo dentro de un marco de respeto absoluto a su soberanía.
Esa función quedó clara en un despacho enviado el 17 de octubre de 1940 al Secretario de Estado. En lugar de presentar una exigencia directa o un reclamo diplomático, Daniels optó por comunicar a Washington el significado político de un artículo publicado ese mismo día en Excélsior, en el que el general Agustín Castro, secretario de la Defensa Nacional de México, fijaba públicamente la posición de su gobierno. El mensaje era cuidadosamente equilibrado: México estaba dispuesto a emplear todos sus recursos no solo para defender su propio territorio, sino también para contribuir a la defensa colectiva del continente. Sin embargo, esa disposición no implicaba aceptar bases extranjeras ni permitir que fuerzas armadas de otro país operaran libremente dentro del territorio nacional.
Las comunicaciones diplomáticas de 1940 dejan ver con claridad que el tema estaba presente en las conversaciones de alto nivel. En una de ellas, fechada el 13 de junio de 1940, se consigna la preocupación del general Hay por los reportes que circulaban en varios países americanos: existía el temor de que, si Estados Unidos obtenía bases militares en el continente, después no quisiera abandonarlas. En ese mismo contexto se plantea la conveniencia de que Washington hiciera saber que no tenía interés en adquirir “Lower California” es decir, la península de Baja California, ni otros territorios adicionales.
Daniels entendió perfectamente el fondo de esa declaración y se encargó de transmitirlo con claridad. El general Castro negaba de manera categórica que existiera un acuerdo con Estados Unidos para establecer bases aéreas y navales en México destinadas al uso del ejército norteamericano. Al mismo tiempo, reconocía que el gobierno mexicano estudiaba la posibilidad de instalar bases en puntos estratégicos, pero dejaba explícito que ello sería por iniciativa propia y para uso exclusivo del ejército mexicano. La línea era nítida: México podía colaborar, pero no estaba dispuesto a ceder control ni a tolerar fórmulas que comprometieran su independencia.
Al enviar este reporte, Daniels estaba ofreciendo a Washington una lectura precisa del momento: México podía ser un aliado confiable en la defensa hemisférica, pero solo bajo sus propias condiciones. Esa interpretación era vital, porque en aquellos meses persistían temores relacionados con el expansionismo estadounidense y con la posibilidad de que, bajo la excusa de la guerra, se intentara consolidar una presencia militar permanente o incluso reactivar viejas ambiciones territoriales sobre la península de Baja California. Daniels percibió que cualquier paso en falso podía destruir la confianza bilateral y fortalecer las resistencias mexicanas.
La importancia de su gestión se aprecia mejor cuando se observa lo que ocurrió pocas semanas después. Para noviembre de 1940, el tono de las comunicaciones oficiales ya no giraba en torno a presiones para instalar bases o a fórmulas de control unilateral, sino a la creación de un mecanismo de cooperación entre ambos gobiernos. El 26 de noviembre, el Secretario de Estado informó al embajador que el presidente de Estados Unidos había aprobado la formación de una Comisión Conjunta de Defensa México-Estadounidense. El mensaje ya no buscaba imponer una presencia militar extranjera, sino construir una relación de coordinación formal entre dos naciones soberanas frente al peligro internacional.
Ese paso representó un cambio decisivo. Washington comprendió que intentar avanzar por la ruta de las bases permanentes o de cualquier iniciativa que despertara fantasmas anexionistas solo habría provocado desconfianza y rechazo. En cambio, la comisión bilateral permitía alcanzar un objetivo estratégico mucho más sólido: integrar a México al esfuerzo de defensa continental sin violentar su dignidad nacional. La lista de representantes estadounidenses designados para ese nuevo mecanismo, integrada por altos mandos del Departamento de Guerra y del Departamento de Marina, mostraba además que la Casa Blanca daba al proyecto un carácter serio, institucional y de alto nivel.
En ese contexto, el papel de Josephus Daniels fue el de un diplomático prudente que entendió que la relación con México no podía conducirse con arrogancia imperial. Su mérito consistió en escuchar, interpretar y traducir para Washington el verdadero significado de las señales políticas enviadas desde la Ciudad de México. Al captar la profundidad del rechazo mexicano a cualquier fórmula que recordara una cesión territorial o una ocupación militar encubierta, ayudó a su gobierno a modificar el enfoque y a optar por un modelo de cooperación menos agresivo y más realista.
Por eso, su legado en aquel episodio no debe medirse por gestos espectaculares, sino por la eficacia de una diplomacia silenciosa. Daniels contribuyó a desactivar una coyuntura peligrosa en la que los rumores sobre Baja California, la presión militar derivada del contexto mundial y la histórica desconfianza mexicana hacia Estados Unidos podían haber desembocado en una grave crisis bilateral. En lugar de ello, su embajada se convirtió en un canal para reconducir la tensión hacia una alianza defensiva basada en el reconocimiento mutuo.
Así, en uno de los momentos más inciertos del siglo XX, Josephus Daniels quedó como un actor fundamental en la transición de la sospecha a la cooperación. En vez de ser el operador de una imposición, fue el mediador de una fórmula más inteligente: una defensa compartida del continente, pero sin sacrificar la soberanía de México ni abrir la puerta a la anexión de la península de Baja California.
LO QUE REVELAN ESTOS CABLES: