Las páginas reproducidas pertenecen al Boletín de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, y presentan una relación histórica de temblores registrados en México, Centroamérica y las Californias desde el siglo XVII hasta mediados del siglo XIX. El documento resulta especialmente valioso porque reúne, en forma de listado cronológico, diversos movimientos telúricos que fueron recordados por su intensidad, por los daños que causaron o por lo inusual de su presencia en determinadas regiones.
Uno de los datos más interesantes para la historia regional aparece en el registro número 18, donde se menciona que el 6 de febrero de 1716 se sintió un temblor en la costa de la Baja California. Más adelante, en el registro número 33, se señala otro movimiento relevante ocurrido el 30 de septiembre de 1839, que fue sentido en México y Guadalajara, y que repitió el 1.º de octubre. El texto destaca que el sismo fue muy fuerte en toda la Alta California, añadiendo una observación significativa: “es notable esta circunstancia, porque es muy raro el temblor que se siente en las Californias”.
Esta frase revela cómo, para los autores del siglo XIX, los movimientos sísmicos en las Californias eran considerados poco comunes o, al menos, poco documentados en comparación con los grandes temblores del centro y sur de México.
El listado inicia con un temblor registrado el 19 de febrero de 1668, sentido desde México hasta California, alrededor de las tres de la tarde. Después aparecen otros eventos importantes, como el del 8 de julio de 1692, ocurrido a las dos de la mañana; el del 5 de mayo de 1714, descrito como terrible en la villa de Córdoba; y el del 22 y 23 de marzo de 1748, cuando después de fuertes vientos y de haber cesado un huracán, la tierra tembló con gran fuerza a medianoche.
También se menciona el temblor del 19 de octubre de 1751, precedido por otro movimiento sentido en la isla de Santo Domingo. El 20 de septiembre de 1759, la erupción del volcán de Jorullo estuvo acompañada de fuertes conmociones de tierra y la aparición de una gran columna de humo. Según el documento, el temblor se repitió los días 28 y 29 de ese mismo mes.
Uno de los episodios más dramáticos corresponde al 28 de marzo de 1787, cuando el mar se retiró en Acapulco y luego regresó con violencia, entrando muchas varas tierra adentro. El texto describe grandes terremotos durante el tiempo en que las aguas permanecieron agitadas, hasta volver a su cauce. Ese mismo día también se registró un fuerte terremoto en Oaxaca, donde se desplomaron numerosos edificios, incluidas las torres del convento de San Francisco. En México, el movimiento fue ligero, pero en Oaxaca volvió a repetirse el Viernes de Dolores, el 30 de marzo, y el Martes Santo, 3 de abril, a las nueve de la mañana.
La relación continúa con sismos en Veracruz, México, Oaxaca y Guadalajara. En 1800 se menciona el temblor conocido como San Juan de Dios; en 1801, un fuerte movimiento en Oaxaca provocó el derrumbe de edificios sólidos y afectó el convento de la Concepción, antigua casa de religiosos jesuitas. En 1806 aparece el llamado temblor de la Encarnación, ocurrido el 25 de marzo, y en 1817 se registra otro durante el Viernes Santo.
El documento también conserva memoria del temblor de Santa Mónica, sentido con mucha fuerza en México el 4 de mayo de 1820, antes de concluir la plegaria de las doce. Otro evento destacado es el llamado temblor de Santa Cecilia, ocurrido el 22 de noviembre de 1837, cerca de las once de la noche.
En la segunda página, la cronología continúa con el sismo del 23 de junio de 1843, ligero en México pero muy fuerte en San Francisco de California. Después se menciona el segundo terremoto del día de la Encarnación, sentido en México el 25 de marzo de 1844, con oscilaciones de norte a sur. En 1845 se registran varios movimientos: el 3 de marzo, el 8 del mismo mes, el 9, y posteriormente los días 2 y 7 de abril.
El temblor del 7 de abril de 1845 es descrito como “el más fuerte quizá que se ha sentido en México”. El texto indica que ocurrió a las cuatro menos diez minutos de la tarde y que provocó el desplome de la cúpula de la capilla del Señor de Santa Teresa. Una nota al pie añade que los pueblos de Poncitlán y Ocotlán, en Jalisco, fueron destruidos por aquel terremoto. Según esa nota, después del movimiento solo quedaron ruinas y consternación entre sus habitantes.
Más adelante se registra el sismo del 8 de abril, que repitió en México, y otro el día 10, sentido en toda la República. También se mencionan temblores en noviembre de 1851, mayo de 1854 y febrero de 1855.
El último gran evento consignado es el del sábado 19 de junio de 1858, a las nueve y media de la mañana. El texto afirma que fue uno de los terremotos más fuertes que había sufrido México y que se extendió por todo el territorio nacional de norte a sur. Una nota al pie recoge la opinión del doctor José Ignacio Durán, quien consideró que este movimiento fue más fuerte que el del 7 de abril de 1845, y señaló que ocasionó mayores desgracias, lastimando a más personas y provocando el cuarteamiento de bóvedas y templos.
Finalmente, el autor anota que a las cinco y media de la tarde del miércoles 8 de mayo de 1861 se sintió el último temblor registrado en esa relación, aunque lo describe como muy ligero.
El documento está fechado en:
México, noviembre 27 de 1861.
Dr. José Guadalupe Romero.
Esta antigua relación de sismos es importante porque permite observar cómo se construía la memoria sísmica de México en el siglo XIX. Además, aporta referencias tempranas sobre movimientos sentidos en la Baja California, la Alta California y San Francisco, regiones que hoy se reconocen como parte de una zona de intensa actividad tectónica, pero que en aquel tiempo eran descritas como territorios donde los temblores parecían raros o poco frecuentes.
